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La palabra del terapeuta entra al programa de defensa como una instrucción

La palabra del terapeuta entra al programa de defensa como una instrucción

Dr. Miguel Ojeda Rios

A un grupo de voluntarios se les administró remifentanilo, un opioide potente, siempre a la misma dosis, en tres condiciones distintas. Sin ninguna expectativa, la analgesia fue la esperable. Con expectativa positiva, el beneficio se duplicó. Con expectativa negativa, el beneficio quedó abolido —con la misma dosis del mismo fármaco en la sangre—, y las imágenes mostraron los cambios correspondientes en las regiones que codifican la intensidad del dolor (Bingel et al., Sci Transl Med, 2011).

La palabra que instala esa expectativa entra por un canal distinto al del fármaco y termina en la misma fisiología. Ese resultado tiene una consecuencia directa para cualquier consulta: lo que se dice antes de una maniobra forma parte de la maniobra, y se puede medir cuánto cambia el desenlace.

La analgesia por placebo la fabrica el propio paciente

Cuando alguien mejora con una pastilla inerte, lo que baja el dolor es su propio sistema opioide endógeno. Levine, Gordon y Fields lo demostraron en 1978 con una maniobra limpia: la naloxona —antagonista de los receptores opioides— revierte la analgesia por placebo (Lancet, 1978).

El efecto tiene, entonces, un mecanismo fisiológico identificado y una vía farmacológica que lo bloquea. Lo que la pastilla aporta es la señal; la analgesia la produce el paciente.

La palabra placebo arrastra la idea de lo falso —lo que sobra al descontar lo real—, y esa lectura estorba. La pregunta que rinde es por qué canal entró la señal. Un opioide entra por el canal farmacológico y una expectativa por el de la información, y los dos terminan en la misma fisiología.

El placebo funciona aunque el paciente sepa que la pastilla es inerte

En un ensayo con pacientes con síndrome de intestino irritable se entregaron pastillas presentadas explícitamente como inertes, frente a un grupo control sin tratamiento y con la misma calidad de interacción clínica. El grupo con placebo abierto mejoró (Kaptchuk et al., PLoS One, 2010).

Si el efecto aparece cuando el paciente sabe, el ingrediente activo no está en el engaño. Lo que queda operando es el ritual, la expectativa, la atención dirigida y la relación.

Ese resultado tiene una consecuencia práctica: los componentes que producen el efecto están disponibles sin necesidad de ocultar nada, y se pueden conducir de forma deliberada. El ensayo se hizo con síndrome de intestino irritable, un cuadro donde la mejoría depende de escalas informadas por el propio paciente, y esa es también la clase de síntoma donde este canal funciona mejor.

El aprendizaje asociativo no necesita neuronas

En un experimento clásico se emparejó sacarina con un inmunosupresor. Después, la sacarina sola produjo inmunosupresión medible (Ader & Cohen, Psychosom Med, 1975). El sistema inmune no tiene ojos, ni corteza, ni creencias, y aun así adquirió la asociación y actuó en consecuencia.

Levin y su equipo llevaron ese hallazgo un nivel más abajo con un modelo computacional de redes reguladoras de genes, sin cerebro y sin sistema nervioso. Trataron esas redes como al perro de Pávlov: un gen como estímulo condicionado, otro como incondicionado, un tercero como respuesta. En cuarenta a cincuenta redes biológicas encontraron seis tipos distintos de aprendizaje, incluido el asociativo.

Dicho como condicionamiento molecular, el placebo tiene cuatro pasos: un fármaco potente que produce un efecto sobre la red; un segundo compuesto neutro que no produce nada; ambos presentados juntos y de forma repetida, con lo cual la red se entrena; y después, el neutro solo basta para activar la respuesta.

El tono de defensa se fija, por lo tanto, por el estímulo presente y también por la historia.

Los síntomas resueltos en el nivel equivocado reaparecen en otro lugar

Albert Mason, médico británico, trataba afecciones graves de la piel con hipnosis. En un caso célebre limpió la lesión de un solo brazo y dejó el otro intacto, para mostrar hasta dónde llegaba la especificidad del control por sugestión verbal.

Lo que importa de su historia es cómo terminó. Ejerció así durante décadas y acabó dejándolo para hacerse psiquiatra, porque los síntomas específicos se limpiaban como debían y después aparecían en otro lado.

Resolver un síntoma en el nivel equivocado lo desplaza. Si la meta la sostiene un nivel superior, trabajar solo abajo mueve la manifestación sin mover el ajuste que la produce. El mismo criterio aplica a cualquier técnica que actúe por este canal, incluida la que se practica en la camilla.

El dolor y la náusea responden a este canal; el tamaño de un tumor no

Responden a este canal el dolor, la náusea, la función inmune, la compuerta motora en la enfermedad de Parkinson y los síntomas digestivos. No responden el tamaño de un tumor ni la consolidación de una fractura.

Ese límite es coherente con el mecanismo: se trata de una intervención que cambia la referencia desde la cual el sistema evalúa, y el sistema se reacomoda solo. Sin reponer sustrato y sin modificar la estructura. Un sistema que necesita material nuevo para resolver no se persuade, y por eso queda fuera del alcance.

Ese techo funciona además como criterio de comprobación. Una técnica que dice actuar por este canal y afirma resultados por encima del techo está prometiendo algo que el mecanismo no da. Y una que se mantiene dentro de él puede describir con precisión qué espera conseguir y en qué plazo.

Una instrucción que anuncia amenaza sube el tono de defensa

Las frases que suben el tono son frecuentes en consulta y suelen decirse sin intención. Esto te va a doler, antes de una maniobra. Tienes la columna muy desgastada, al entregar un hallazgo de imagen. Las imágenes de deterioro irreversible al explicar un pronóstico. Y una propia de este método: vamos a ver todo lo que tienes mal, al registrar el mapa con el paciente.

El criterio para evitarlas no obliga a mentir. Entre varias cosas verdaderas que se pueden decir, se elige la que no sube el tono, y se dice completa. En lugar de tienes una degeneración importante, se dice: hay cambios que corresponden a tu edad y a tu historia; lo que vamos a trabajar es cómo está regulado hoy.

El límite ético cierra el asunto: el nocebo no es responsabilidad del paciente. Nunca se dice que se está bloqueando, que no se deja ayudar o que tiene que creer. Eso traslada al paciente la responsabilidad de un efecto que produce el contexto, y es, en sí misma, una frase que sube el tono.

La sesión se conduce con intención porque es un ingrediente activo

Una sesión de este método reúne, sin proponérselo, toda la maquinaria que la literatura del placebo identifica como activa: un ritual definido, la atención del propio paciente dirigida sobre su cuerpo, un mapa que él mismo registra, veinte minutos acostado y cubierto, y preguntas de cierre sobre lo que cambió.

Eso deja de ser un adorno del procedimiento y pasa a ser parte de él. Para marcar dónde le duele, el paciente recorre su cuerpo zona por zona con la atención: el mapa registra el estado y además lo enfoca. La atención funciona como un mando de ganancia —atender una zona sube el peso que el sistema da a lo que viene de ahí—, y ese mando gira en los dos sentidos. Por eso el mapa se registra una vez y con final, y la sesión cierra sobre el cambio y no sobre el síntoma. Con el paciente que llega con la ganancia ya aumentada, el mapa se hace más breve y el cierre más cuidado.

Referencias

Ader R, Cohen N. Psychosom Med. 1975;37(4):333-340.

Bingel U, Wanigasekera V, Wiech K, et al. Sci Transl Med. 2011;3(70):70ra14. PMID 21325618.

Kaptchuk TJ, Friedlander E, Kelley JM, et al. PLoS One. 2010;5(12):e15591. PMID 21203519.

Levine JD, Gordon NC, Fields HL. Lancet. 1978;2(8091):654-657.

Biswas S, Manicka S, Hoel E, Levin M. Gene regulatory networks exhibit several kinds of memory. iScience. 2021;24(3):102131. PMID 33748699.

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